David Álvarez

Textos publicados por ahí que no quiero que se me pierdan

El nada que perder y sus arrebatos

En quien aparenta no tener nada que perder asoma a veces algún bello arrebato salvaje. Sucede ese instante y parece que el mundo puede a darse la vuelta. Como el resto de Djokovic al saque que iba a llevar a Federer a la final de Flushing Meadows. Consciente del fogonazo, después de la pelota inalcanzable, el serbio se volvió para avisar al público: aunque parecía al borde de la derrota, en realidad estaba a punto de ganar.

También de esa clase fue el estropicio que dejó Alonso en la salida sobre la hierba que crece al borde del asfalto de Monza. Disparaban tierra sus neumáticos y en esa ráfaga parecía posible el regreso de aquel otro Alonso en su primer paso por Renault. Aquel que también había pilotado sobre el césped en otra salida en Australia. Cuando, aparentemente sin nada que perder, se le veía siempre a punto de ganar. Aunque el efecto duró sólo unas vueltas, hasta que Vettel recuperó la cabeza.

Sin embargo, esos arrebatos tan celebrados no se apoyan únicamente en la ausencia de consecuencias del nada que perder. No basta un loco para disolver a Federer. Ni para que la Real empate en un minuto cuando el Barcelona, en otro, se había colocado 0-2 por delante. Ni para que el Getafe despierte el tembleque en la trasera de un Madrid avasallador hacia delante. No es sólo que, para lo que se les venía encima, ya les diera igual, como había sentenciado la teoría de la Liga de las goleadas perpetuas.

Lo que salvará el campeonato de convertirse en un entretiempo entre dos partidos de Champions no es que los presuntos comparsas ignoren las consecuencias de la derrota, sino que se convenzan de que, pese a todos los números, tienen algo que ganar. A veces el ruido de cheques provoca algo sorprendente: la necesidad de recordar aquella tautología de tantas risas de Boskov, la de fútbol es fútbol. Y que hay que jugar.

(Publicado en ABC el 12/9/2011)