David Álvarez

Textos publicados por ahí que no quiero que se me pierdan

Nadal, el escapismo y el desaliento

La fascinación con la que contemplamos a Rafa Nadal se parece mucho a esa otra con la que acudían las multitudes a comprobar si Harry Houdini, esposado, encadenado, se mataba sumergido boca abajo en un tonel de agua. O en cualquier otro de sus artefactos. Aunque en realidad sabían que terminaría escapando en el último instante.

Pese a lo que casi siempre se ha creído, la maestría de Houdini no estaba en los imposibles planes de fuga desarrollados bajo amenaza de muerte, sino en la ideación y construcción de las presuntas trampas. Con ellas lograba provocar en el público el escalofrío real de lo inevitable y el alivio final de la salvación, igual de intensos ambos pese a que eran perfectamente esperados.

El parecido de Nadal y Houdini se localiza exactamente en ese escalofrío de lo que inevitablemente va a acabar mal. En ese instante, ambos comparten el buen pronóstico, porque nos hemos acostumbrado a que también el tenista termine escurriéndose en el último instante. Como ayer sobre la tierra de La Cartuja contra el argentino Juan Martín Del Potro, cuando cerró el primer set perdiendo 6-1.

Entonces parecía ya aplastado por un tenista con apariencia de gigantón de circo: dos metros de estatura, casi cien kilos, pies enormes. Pero incluso entonces «sabíamos» que sólo era necesario esperar para descubrir por dónde iba a escabullirse del gigante. Como Houdini del tonel de agua.

Sin embargo, la grandeza de Nadal se apoya precisamente en lo que le distingue de Houdini. Él no interviene en la fabricación de las trampas, que en su caso son reales. De ahí que le hayamos visto este año derrotado ante Djokovic mientras, hasta el último instante, seguíamos esperando el alivio de su genialidad. De ahí, en fin, su esencia inigualable, buscando como nadie hasta el final el modo de escapar a lo inevitable, eternamente ajeno al desaliento.

(Publicado en ABC el 5/12/2011)